“No mires tanto si te gusta o no te gusta una cosa, si es fácil o difícil, si es dulce o amarga, sino si Dios lo quiere”.
 El deseo de una madre

Nació Enrique de Ossó el 16 de octubre de 1840, en el pintoresco pueblo catalán de Vinebre, de la provincia de Tarragona y perteneciente a la diócesis de Tortosa. Era el tercer hijo del matrimonio formado por Jaime de Ossó y Micaela Cervelló.

Los primeros años de Enrique transcurrieron en el ambiente de piedad propio de una familia cristiana. Su madre le educó con afecto y equilibrio en la austeridad de vida cristiana, en el amor a la Iglesia y en la devoción a la Virgen María.

Un día su madre le manifestó su deseo: ¡Hijo mío, Enrique, hazte sacerdote! ¡Qué alegría me darías! Pero el futuro fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús le contestó que quería ser maestro y no sacerdote. Años más tarde, el mismo Enrique explicaba: Sí, me hubiera gustado hacerme sacerdote, pero no me creía ni capaz ni digno de tan alto honor. En cambio, me parecía que, siendo maestro, haría mucho bien a los niños, enseñándoles el camino del cielo.

Hizo los estudios primarios en su pueblo natal, siendo después enviado por su padre a Quinto de Ebro y a Reus, para dedicarse al aprendizaje comercial. Estando en Reus, recibió la noticia de la enfermedad de su madre, atacada por el cólera. Micaela murió el 15 de septiembre de 1854. Antes de su muerte repitió a su hijo Enrique su deseo de que fuera sacerdote.

En Montserrat

Siendo adolescente decide ir a Montserrat buscando la soledad para entregarse a la oración y a la penitencia. En el santuario, donde es admitido como criado de la Virgen por los monjes y junto a la Moreneta, Enrique pasa unos días totalmente entregados a la piedad: se confiesa, reza largos ratos, contempla a la Virgen. Y es allí donde descubre, movido por la Vida de Santa Teresa de Jesús, su vocación al sacerdocio

Ocurrió en octubre de 1854. Jaime de Ossó llama a las puertas del Monasterio de Montserrat: ¿Está aquí mi hermano? Un muchacho de catorce años, alto, fuerte… Trabajaba de comerciante en Reus, y ha desaparecido. No tenemos ni una pista, a no ser una carta que mandó a mi padre hablando de servicio a Dios y de la huida del mundo…, y estos papeles sobre Montserrat que había en su maleta. ¿Ha venido por aquí? El fraile que le había recibido, sorprendido, dice: ¿El mendigo de la Virgen? Verás: la otra tarde llegó un chico andrajoso, con cara de cansado. Pidió pan, dio las gracias y entró en la iglesia. ¡Extraño muchacho! Pasa horas y horas delante de la Virgen. ¡Entra a ver! ¿Quién sabe?

Justo. Era él. Jaime, frente a su hermano Enrique, comprende que doña Micaela se ha salido con la suya. En Vinebre, a las orillas del Ebro, cuántas veces presenció la escena: Hijo mío, Enrique, hazte sacerdote. Y la respuesta del hijo: No, madre. Quiero ser maestro. Y la voz calculadora del padre, don Jaime, poniendo fin al diálogo familiar: Ni sacerdote ni maestro. ¡Comerciante es lo que da!

De comerciante, nada. No hay más que ver. ¡Si no le para el dinero en las manos! Ni la ropa en el cuerpo. ¿Esos andrajos, Enrique?, pregunta Jaime. Y la respuesta de Enrique: Pues… sólo llevaba lo puesto… y aquel chico era tan pobre… De comerciante, nada. Ya puede despedirse el padre de su sueño. ¿Maestro? ¡Tal vez! ¡Sacerdote! De eso Jaime ya no tiene la menor duda. Lo ve en los ojos de Enrique y se lo está oyendo como una oración: ¡Quiero ser sacerdote o ermitaño!

Aún no hace el mes de la muerte de la madre. ¡Esta doña Micaela! Jaime recoge la herencia y asume el compromiso: Ven, Enrique, vamos a casa. Serás sacerdote. Yo te ayudaré.

Seminarista

En el seminario fue un estudiante disciplinado, buen deportista, compañero, amigo de todos. Se puso un reglamento personal en el que siempre había tiempo para la oración y lectura formativa. Entre sus autores predilectos aparecen ya dos que dejarán honda huella en su espiritualidad: san Francisco de Sales y, sobre todo, santa Teresa de Jesús.

No eran fáciles los años de estudio para los seminaristas: régimen de externado, ambiente de materialismo y ebullición política. Buena ocasión para entrenarse en la lucha por un ideal.

Sus vacaciones también arrojan luz sobre el futuro de Enrique: o en Vinebre: cariño familiar, catequesis a los niños, convivencia con la gente sencilla; o en el Desierto de las Palmas: soledad, reflexión, silencio. Y siempre el dinero pasando por sus dedos para alimentar cuerpos o nutrir inteligencias. Incansable divulgador de opúsculos, folletos y libros.

En el año 1865 recibió, en la Ciudad Condal, de manos de monseñor Montserrat, la tonsura y las Órdenes menores; y en mayo del año siguiente, el mismo obispo le otorgó el subdiaconado, después de unos ejercicios espirituales dirigidos por san Antonio María Claret.

Los años del seminario han dibujado ya la rica personalidad de Enrique: Sirvo al Señor con alegría, escribió en la preparación para el subdiaconado. Sirvo. Es una afirmación -no un propósito- consecuencia de su dedicación plena.

Sacerdote

En abril de 1867 fue ordenado de diácono en Tortosa, y recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre del mismo año y en la misma ciudad. Quiso celebrar su primera Misa en Montserrat, bajo la mirada dulce de la Virgen Morena, la primera confidente de su decisión, trece años detrás: Seré sacerdote o ermitaño, y en una fiesta de Santa María, 7 de octubre, fiesta del Rosario.

Junto a Enrique está su padre, don Jaime, que no acaba de comprender las locuras del hijo. Y están, también, sus hermanos, familiares, amigos… Sólo un vacío notaba -comentaría más tarde el misacantano-: la presencia visible, corporal, de mi buena madre de este mundo. Pero, ¿qué importa? Estaba allí su espíritu…

Ya es sacerdote. En el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Enrique de Ossó se lee: Dándose cuenta del peligro que corría la fe de los hombres, especialmente de los jóvenes y adolescentes, a los que nadie daba el pan, se consagró completamente a la enseñanza del catecismo, a la predicación de misiones al pueblo y a la dirección de almas, entregándose a promover operarios que le ayudasen a cultivar el campo del Señor. Así, mientras en el seminario diocesano enseñaba física y matemáticas, por los pueblos y aldeas transmitía la ciencia de los santos, haciéndose todo para todos para salvarlos a costa de lo que fuera.

Mi primera vocación, maestro, solía decir Enrique de Ossó. Y fue maestro en toda la extensión de la palabra. A cara descubierta o en la clandestinidad. Desde la cátedra o con la pluma. Junto a los seminaristas o entre los niños y gente sencilla del pueblo. Donde apunte el error o crezca la ignorancia. ¡Siempre maestro! O mejor: ¡Sacerdote maestro! Éste es el secreto de su fecundidad.

Enrique de Ossó fue profesor de matemáticas en el Seminario de Tortosa hasta el año 1878. Diez años de labor eficiente y abnegada. Los alumnos elogiarán su competencia pedagógica: su exactitud y suave exigencia; pero recordarán de modo especial que Ossó era, más que todo y sobre todo, un sacerdote de cuerpo entero. Cuando se vive íntegramente una vocación, toda actividad es magisterio.

En Tortosa, cuando era seminarista, se hizo miembro de las Conferencias de San Vicente de Paúl (1859) y dedicaba todas las tardes de los jueves, domingos y fiestas a la atención de los enfermos más pobres del hospital. Tarea que no abandonó siendo sacerdote y catedrático del Seminario. Atendía los enfermos con cariño y delicadeza. Los lavaba, los peinaba, les cortaba las uñas…, cuantos menesteres pudiesen necesitar. Conversaba con ellos y, antes de marcharse, ya al atardecer, les repartía a cada uno alguna cosita. Los enfermos lo esperaban con ilusión. Se quedaban felices. Y si alguno de esos días iba alguien a buscar a mosén Enrique en el Seminario, allí la contestación era siempre la misma: Vayan al hospital. Allí lo encontrarán.

Publicaciones

Admira la múltiple acción pastoral de Enrique de Ossó, que siempre supo unir una oración incesante a una actividad apostólica incansable. Dándose cuenta del influjo creciente de la prensa en la sociedad, fundó el periódico El amigo del pueblo y la revista Santa Teresa de Jesús, y dirigió numerosos libros y opúsculos de piedad, de catequética, sobre el magisterio papal y de historia; los escribió y difundió, y procuró que se abriera una casa para vender los libros. Cabe destacar el Catecismo de los obreros y de los ricos, publicado en 1891, poco después de que León XIII publicara la encíclica Rerum novarum; y el Cuarto de hora de oración, redactado según la doctrina de la seráfica doctora y maestra Santa Teresa de Jesús.

En este libro se revela toda su grandeza de apóstol de la oración. Hoy se habla más, se escribe más y hasta se trabaja más -decía-, pero se reza menos, y sin la oración la palabra no da fruto, los escritos no mueven el corazón, el trabajo es menos agradable a Dios. ¡Oh almas…! Orad, orad, orad: la oración todo lo puede.

Otros libros son: El espíritu de Santa Teresa, antología de la santa de Ávila; Viva Jesús, librito editado en Barcelona en 1875, cuya finalidad era enseñar a los niños las vías de oración; El devoto josefino; Un mes en la escuela del Corazón de Jesús, que es la expresión más fiel y madura de su espiritualidad, centrada en el amor al divino Redentor.

Y especialmente fue un catequista genial. ¿Qué hacer con una ciudad envenenada por la corrupción, el odio, el materialismo? Enrique de Ossó no gastaba fuerzas ni tiempo en lamentaciones inútiles. Se lanzó a la conquista de los niños. El plan era ambicioso y arriesgado: una verdadera red abarcaba toda la ciudad de Tortosa. Enrique se reservó la zona más difícil, el Barrio de Pescadores, donde los insultos al sacerdote llegaban hasta la violencia. El golpe fue certero. En dos años, más de mil niños se habían convertidos en simpáticos repetidores del Evangelio por calles, plaza y hogares. Era una fuerza arrolladora que nadie podía contener.

Arrolladora, pero organizada, como fruto de la labor personal de mosén Enrique junto a sus catequistas. Para ellos escribió uno de sus mejores libros: Guía práctica del catequista. Como el árbol tenía vida, empezó a florecer. Y Tortosa vivió tiempos de conversión.

Enrique de Ossó no creó obras al azar para después darles contenido. Tenía, eso sí, ojos muy abiertos para detectar problemas y descubrir soluciones que, después de prudente reflexión, llevaba a la práctica con santa audacia. Y fue un organizador: nacida la obra, encaminada los primeros pasos, aseguraba la continuidad, delegaba responsabilidades y se retiraba a un discreto segundo plano. Desde allí podría ayudar cuando fuese necesario y concebir nuevas empresas. Se ha dicho de él que fue un luchador. Cierto, si se le considera como el apóstol que no escatimó esfuerzos ni escondió la mano ante las dificultades. Pero su misión fue más amplia: Enrique de Ossó fue un gran forjador de luchadores.

Rasgos de su espíritu

Cristo llenó toda su vida. Su ideal era identificarse con el Señor. En uno de sus libros escribió: Para conformarse a la vida de Jesucristo es necesario, sobre todo, estudiarla, meditarla, no sólo en su aspecto exterior, sino penetrando en los sentimientos, deseos, afectos e intenciones de Jesucristo, para hacer todo en unión perfecta con Él… El que obre así se transformará en Jesús y podrá decir con el Apóstol: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

También sobresale en su vida la devoción a la Virgen María. Cuando enfermo de gravedad en Quinto de Ebro, su tío Juan hizo promesa a la Virgen del Pilar que, si su sobrino se curaba, peregrinarían los dos a Zaragoza, para rezarle ante su venerada imagen. Cuando Enrique recobró la salud, cumplieron la promesa. Siempre fue un ferviente devoto de la Virgen, con su alma enamorada de la Madre de Dios.

La Iglesia fue otro de sus grandes amores. En su epitafio quiso que se pusiera: Soy hijo de la Iglesia. Suyas son estas palabras: ¡Oh Iglesia santa, católica, apostólica, romana… que se me pegue la lengua al paladar y se seque mi mano derecha si no te amo, no te bendigo, no te respeto, no te obedezco, no te defiendo como a mi más amada y buena Madre, siempre, siempre, siempre!

Fue característico de san Enrique de Ossó su gran devoción a santa Teresa de Jesús. Un biógrafo suyo escribió: El fuego que devoraba a Enrique eran chispas del corazón de la Santa. Acercarse a Teresa significaba acercarse más estrechamente al Señor (…). No ignoraba  nada de lo que se refiere a la Santa: teología, ascética, elocuencia, literatura, arte; conoce todo lo que se refiere a la Madre Teresa, que estima y venera por su virtud, por sus obras y por su doctrina. Doctrina que él reconoce y proclama segura, profunda y clara. Esto le lleva a una iniciativa atrevida: por lo que sabemos fue el primero en lanzar la idea de pedir al Papa la declaración de santa Teresa como Doctora de la Iglesia.

Fundador

Pero, sin duda, la mayor gloria de san Enrique de Ossó fue haber descubierto la potencia transformadora de la mujer. El mundo será lo que sean las mujeres -decía-. Vosotras sois quienes habéis de decidir y sentenciar sin apelación si la familia y el individuo, y por consiguiente, si la sociedad entera, ha de ser de Jesucristo…

Asomado a la historia para caminar con paso firme hacia el futuro, recogió la antorcha reformadora de manos de Teresa de Jesús. Ella, con María, sería el modelo; sus escritos, alimento y guía. Toda joven católica podrá imitarla en la oración, en la generosidad, en la fe viva y práctica, y en el amor a Dios y al prójimo…, decía.

En el año 1876 fundó una Congregación  religiosa femenina, la Compañía de Santa Teresa de Jesús, con el fin de conocer y amar a Jesús y hacerlo conocer y amar por todos, y que colabore en la Iglesia en la formación, sobre todo, de la mujer.

En el ya citado Decreto sobre la heroicidad de las virtudes, está escrito: En nombre del Ordinario de Tarragona admitió a las primeras religiosas el 1 de enero de 1879, formándolas después santamente en el seguimiento de Jesucristo, con el fin de que se dedicasen totalmente a la educación de la mujer. Había intuido que la mujer tendría un papel cada vez más importante en la familia y en la sociedad y estaba convencido de que solamente teniendo una buena formación humana e intelectual y estando penetrada del espíritu del Evangelio, podría la mujer desarrollar su misión.

Siempre fue un hombre con mucha fe en Dios y procuraba contagiarla a los que estaban a su lado. En una ocasión faltaban mil pesetas (las de entonces) para pagar a los obreros en la obra del Colegio de Ganduxer, perteneciente a la Compañía de Santa Teresa de Jesús. La hermana encargada de hacer los pagos fue a decírselo a su fundador: ¿Qué hacemos, Padre?, le preguntó. Él contestó con tranquilidad: Buscarlas, hija. La hermana insistió: ¿Dónde? Enrique de Ossó repitió que saliesen a buscarlas y añadió: Pero con mucha fe en Dios. Con mucha fe. Acompañada de otra hermana salieron de la casa, sin saber a dónde ir para pedir mil pesetas por amor de Dios. Indecisas, vacilaban sobre el camino a seguir. Una dijo: Vayamos a la derecha. Y así lo hicieron. Llamaron a una casa, al azar. Expusieron a quien les abrió la necesidad en que se encontraban. Aunque todo lo habían hecho con la fe que su fundador les había recomendado, no dejaron de sorprenderse cuando recibieron esta contestación: Precisamente, hace unos momentos nos acaban de traer doscientos duros para ustedes. Aquí están. Ya se puede suponer cómo volvieron a contárselo a su santo fundador.

Otra vez, una hermana  de su Congregación estaba sufriendo mucho por una situación familiar; don Enrique la llamó a su despacho y después de que la religiosa le contara su aflicción, le dijo: Si dependiera de mí la solución de esto que tanto te aflige, ¿dudarías que se resolvería todo para bien? Ella contestó sin vacilar: No, Padre. Entonces le dijo: Pues está la solución en las manos de tu Padre Dios que te ama mucho más de lo que yo ni nadie podemos quererte, ¿por qué temes y desconfías? Con lo que la religiosa encontró consuelo y verdadera confianza.

Muerte y fama de santidad

El 2 de enero de 1896 Enrique de Ossó llegó al convento franciscano de Sancti Spiritus de Gilet (Valencia) para pasar unos días de retiro. Del 6 al 13 hizo los Ejercicios Espirituales. En la noche del 27 de enero el Señor llamó a sí a Enrique de Ossó, repentina pero no improvisamente. Sus últimos días transcurrieron en un clima de contemplación. En el profundo recogimiento y silencio del cenobio de los frailes menores escribió un Pequeño tratado sobre la vida místicaNovena al Espíritu Santo. y una

La fama de santidad que gozaba ya en vida, fue creciendo después de su muerte. En el año 1923 dos religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús se curaron milagrosamente de graves enfermedades por intervención de su santo fundador. Dos años después se abrieron los procesos ordinarios informativos en Tortosa y Barcelona, para la causa de beatificación del Siervo de Dios.

En 1927 tiene lugar la apertura del proceso informativo en Roma. En 1956 la Postulación General de la Orden Carmelitana se hace cargo de la Causa. En el mismo año es la Apertura del Proceso Super non cultu, en Tortosa. En 1967 se clausuran los Procesos Apostólicos en Tortosa, y se envían a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos.

El 15 de mayo de 1976, el papa Pablo VI dispone la publicación del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Enrique de Ossó. Tres años después, el 10 de mayo de 1979, después de ser aprobado por el papa Juan Pablo II, se publica el decreto sobre el carácter milagroso de las dos curaciones antes referidas. El 14 de octubre de 1979, Juan Pablo II declara beato a Enrique de Ossó.

Canonización

El 16 de junio de 1993 el papa Juan Pablo II, durante su cuarto viaje apostólico a España, canonizó a Enrique de Ossó. La ceremonia tuvo lugar en la madrileña plaza de Colón, durante la Eucaristía con el Pueblo de Dios. Era la segunda vez en el pontificado de Juan Pablo II que se celebraba una canonización fuera de Roma. La primera fue la de san Ezequiel Moreno, agustino recoleto español, obispo de Pasto (Colombia), y que Juan Pablo II canonizó en Santo Domingo el 11 de octubre de 1992.

Juan Pablo II, en la homilía de la ceremonia de canonización, dice: Enrique de Ossó buscó y encontró la sabiduría; la prefirió a los cetros, a los tronos y a la riqueza. Desde su juventud, al abandonar la casa paterna, refugiándose en el monasterio de Montserrat, sintió que Dios le llamaba para hacerle partícipe de su amistad. Seducido por la luz que no tiene ocaso encontró “el tesoro inagotable” y lo dejó todo para poseerlo. Su padre quería que fuera comerciante; y él, como el comerciante de la parábola evangélica, prefirió la perla de gran valor, que es Jesucristo. El amor a Jesucristo le condujo al sacerdocio, y en el ministerio sacerdotal, Enrique de Ossó encontró la clave para vivir su identificación con Cristo y su celo apostólico. Como “buen soldado de Cristo Jesús” tomó parte en los trabajos del Evangelio y encontró fuerzas en la gracia divina para comunicar a los demás la sabiduría que había recibido. Su vida fue, en todo momento, contacto íntimo con Jesús, abnegación y sacrificio, generosa entrega apostólica.

Más adelante, continuaba el Romano Pontífice su homilía, glosando la vida del santo catalán, que transcurrió en el siglo XIX en una época difícil, con una España dividida por guerras civiles y alterada por movimientos laicistas y anticlericales, con estas palabras: De la mano de Teresa de Jesús, Enrique de Ossó entiende que el amor a Cristo tiene que ser el centro de su obra. Un amor a Cristo que cautive y arrebate a los hombres ganándolos para el Evangelio. Urgido por este amor, este ejemplar sacerdote, nacido en Cataluña, dirigirá su acción a los niños más necesitados, a los jóvenes labradores, a todos los hombres, sin distinción de edad o condición social; y, muy especialmente, dirigió su quehacer apostólico a la mujer, consciente de su capacidad para transformar la sociedad: “El mundo ha sido siempre -decía- lo que le han hecho las mujeres. Un mundo hecho por vosotras, formadas según el modelo de la Virgen María con las enseñanzas de Teresa”. Este ardiente deseo de que Jesucristo fuera conocido y amado por todo el mundo hizo que Enrique de Ossó centrase toda su actividad apostólica en la catequesis. En la cátedra del Seminario de Tortosa, o con los niños y la gente sencilla del pueblo, el virtuoso sacerdote revela el rostro de Cristo Maestro que, compadecido de la gente, les enseñaba el camino del Cielo.

Concluía Juan Pablo II: Su espíritu está marcado por la centralidad de la persona de Jesucristo. “Pensar, sentir, amar como Cristo Jesús; obrar, conversar o hablar con Él; conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de Cristo; revestirnos de Cristo Jesús es nuestra ocupación esencial”. Y junto a Cristo, profesaba una piedad mariana entrañable y profunda, así como una admiración por el valor educativo de la persona y la obra de santa Teresa de Jesús.