A Un Año de la Beatificación de Juan Pablo II


Miles de jóvenes se reúnen hoy en Tor Vergata, en las afueras de Roma, en unavigilia de plegarias con motivo del primeraniversario de la beatificación de Juan Pablo II, que se cumple mañana, 1 de mayo, con la mirada puesta en la canonización del primer papa polaco de la historia.
“Es casi una necesidad recordar la beatificación y hacerlo en Tor Vergat, donde Juan Pablo II (durante la Jornada Mundial de la Juventud católica y ante unos dos millones de muchachos) exhortó a los jóvenes a no resignarse, a luchar por el bien. En un periodo de crisis como el actual necesitamos escuchar de nuevo ese mensaje”. dijo hoyMaurizio Mirilli, responsable de la pastoral juvenil de la diócesis de Roma.
La vigilia la presidirá el cardenal Agostino Vallini, vicario del papa para Roma, y la misma trae a la memoria la celebrada en la noche de este día 30 de abril, pero del pasado año, cuando unas 200.000 personas se reunieron en el Circo Massimo de Roma para conmemorar al papa Wojtyla, pocas horas antes de que Benedicto XVI le proclamara beato.
“Su vida fue santa. Ya era santo en vida“, afirmó aquella noche un emocionado Joaquín Navarro Valls, el español que durante 22 años fue su portavoz. Hoy, Marilli señaló que los jóvenes siguen amando al papa polaco porque lo sienten cercano y un santo.
“Cuando un joven percibe una cercanía, y los santos están muy cerca de las personas, los muchachos le abren su corazón”, subrayó el sacerdote.
Una vez beatificado, todas las miradas están ahora puestas en cuándo será proclamado santo, tiempo que se desconoce, ya que hace falta que el Vaticano reconozca el que se haya registrado un milagro por su intercesión a partir del día en que fue proclamado beato, tal y como establece la normativa de la Santa Sede.
Testimonios sobre supuestos milagros no faltan. El postulador de la causa, el sacerdote polaco Slawomir Oder, dijo recientemente que le siguen llegando “numerosos testimonios muy significados” de supuestos milagros y que una vez tenga toda la documentación necesaria hará “un estudio serio” y verá “la oportunidad de promover” la santificación.
Uno de esos supuestos milagros se produjo, según los medios italianos, en la mexicanaSara Guadalupe Fuentes García, que se curó de manera inexplicable de un cáncer maligno de garganta.
La mujer rezaba permanentemente a Juan Pablo II y la curación se produjo cuando unas reliquias del papa polaco recorrían el pasado septiembre México.
En este año transcurrido se celebró por primera vez, el 22 de octubre pasado, la festividad litúrgica de Juan Pablo II, establecida por Benedicto XVI, con una misa en la basílica de San Pedro del Vaticano concelebrada por 200 obispos.
La festividad sólo se celebró en la diócesis de Roma y en Polonia. La primera debido a que Wojtyla fue obispo de la Ciudad Eterna y en Polonia porque es su país natal, según contempla el decreto sobre esa festividad.
La Iglesia católica admite para el beato el “culto privado“, es decir, en la zona donde nació o ejerció su labor, mientras que al santo se le reconoce el culto universal y es modelo público para todos los creyentes.
En la beatificación más multitudinaria de la historia de la Iglesia, Benedicto XVI proclamó el 1 de mayo de 2011 beato a su antecesor, el papa polaco que devolvió al cristianismo aquella carga de esperanza que se le dio al marxismo y a la ideología de progreso, según dijo el pontífice durante la ceremonia.
Seis años y un mes después de su muerte (el 2 de abril de 2005) , Juan Pablo II (1920-2005) fue elevado a la gloria de los altares por su sucesor, lo que no ocurría desde hacia mil años.
Su proceso de beatificación fue uno de los más breves de la historia y se abrió sin esperar a los cinco años de la muerte, como contempla la normativa vaticana.
A la ceremonia asistieron más de dos millones de personas, miles de ellas polacos, españoles, italianos, franceses y latinoamericanos, que rompieron en un aplauso que duró numerosos minutos cuando a las 10.38 local (08.38 GMT) fue elevado a la gloria de los altares.
(Rd/Efe)

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Juan Pablo II …nuevo Beato para el Mundo


VATICANO, 18 Feb. 11 / 10:02 am (ACI/EWTN Noticias)

La Oficina de Prensa de la Santa Sede dio a conocer hoy un comunicado en el que detalla los cinco momentos en los que se desarrollará la beatificación del Papa Juan Pablo II el próximo 1 de mayo en Roma, y reiteró que para asistir no es necesario adquirir entrada alguna.

El texto señala que el primero es la vigilia de preparación el 30 de abril que se realizará desde las 8:30 p.m. (hora local) en el Circo Máximo de Roma.

Esta vigilia será presidida por el Cardenal Agostino Vallini, Vicario del Santo Padre para la diócesis de Roma. Al evento, “el Papa Benedicto XVI se unirá a espiritualmente por medio de una conexión en video”.

El segundo momento es la ceremonia de beatificación en sí que se celebrará el domingo 1 de mayo en la Plaza de San Pedro en Roma, que será presidida por el Papa Benedicto XVI.

El comunicado reitera lo ya anunciado en distintas oportunidades sobre el hecho que “para participar no hacen falta entradas, pero los agentes de la Seguridad Pública tutelarán el acceso a la plaza y a las zonas adyacentes”.

En esta línea, la Prefectura de la Casa Pontificia dio a conocer otro comunicado en el que ratifica que para la beatificación y para las audiencias con el Papa no es necesario adquirir entradas.

Esta precisión se hace ante “el ofrecimiento indebido, sobre todo por Internet, de asistencia y venta de billetes para audiencias y ceremonias pontificias, en particular la beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II”.

Este comunicado precisa además que cuando la Prefectura de la Casa Pontificia entrega entradas para ceremonias pontificias o audiencias generales, estos “son siempre gratuitos y ninguna persona física o ente puede pretender pago alguno”.

Sobre el tercer momento de la beatificación, el comunicado de la Oficina de Prensa de la Santa Sede indica que todos los fieles “podrán venerar los restos del nuevo Beato el mismo domingo 1 de mayo, una vez que termine la ceremonia de beatificación. Los restos quedarán expuestos hasta que se agote el flujo de fieles que deseen venerarlos, ante el altar de la Confesión”.

El cuarto momento es la Misa de acción de gracias por la beatificación, que está programada para el lunes 2 de mayo a las 10:30 a.m. en la Plaza de San Pedro. Esta Eucaristía será presidida por el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado Vaticano.

El quinto momento tiene que ver con la sepultura de los restos de Juan Pablo II. Esta se realizará en la Basílica de San Pedro, en la Capilla de San Sebastián y se realizara de forma privada.

San Enrique de Ossó (sacerdote- catequista maestro)


“No mires tanto si te gusta o no te gusta una cosa, si es fácil o difícil, si es dulce o amarga, sino si Dios lo quiere”.
 El deseo de una madre

Nació Enrique de Ossó el 16 de octubre de 1840, en el pintoresco pueblo catalán de Vinebre, de la provincia de Tarragona y perteneciente a la diócesis de Tortosa. Era el tercer hijo del matrimonio formado por Jaime de Ossó y Micaela Cervelló.

Los primeros años de Enrique transcurrieron en el ambiente de piedad propio de una familia cristiana. Su madre le educó con afecto y equilibrio en la austeridad de vida cristiana, en el amor a la Iglesia y en la devoción a la Virgen María.

Un día su madre le manifestó su deseo: ¡Hijo mío, Enrique, hazte sacerdote! ¡Qué alegría me darías! Pero el futuro fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús le contestó que quería ser maestro y no sacerdote. Años más tarde, el mismo Enrique explicaba: Sí, me hubiera gustado hacerme sacerdote, pero no me creía ni capaz ni digno de tan alto honor. En cambio, me parecía que, siendo maestro, haría mucho bien a los niños, enseñándoles el camino del cielo.

Hizo los estudios primarios en su pueblo natal, siendo después enviado por su padre a Quinto de Ebro y a Reus, para dedicarse al aprendizaje comercial. Estando en Reus, recibió la noticia de la enfermedad de su madre, atacada por el cólera. Micaela murió el 15 de septiembre de 1854. Antes de su muerte repitió a su hijo Enrique su deseo de que fuera sacerdote.

En Montserrat

Siendo adolescente decide ir a Montserrat buscando la soledad para entregarse a la oración y a la penitencia. En el santuario, donde es admitido como criado de la Virgen por los monjes y junto a la Moreneta, Enrique pasa unos días totalmente entregados a la piedad: se confiesa, reza largos ratos, contempla a la Virgen. Y es allí donde descubre, movido por la Vida de Santa Teresa de Jesús, su vocación al sacerdocio

Ocurrió en octubre de 1854. Jaime de Ossó llama a las puertas del Monasterio de Montserrat: ¿Está aquí mi hermano? Un muchacho de catorce años, alto, fuerte… Trabajaba de comerciante en Reus, y ha desaparecido. No tenemos ni una pista, a no ser una carta que mandó a mi padre hablando de servicio a Dios y de la huida del mundo…, y estos papeles sobre Montserrat que había en su maleta. ¿Ha venido por aquí? El fraile que le había recibido, sorprendido, dice: ¿El mendigo de la Virgen? Verás: la otra tarde llegó un chico andrajoso, con cara de cansado. Pidió pan, dio las gracias y entró en la iglesia. ¡Extraño muchacho! Pasa horas y horas delante de la Virgen. ¡Entra a ver! ¿Quién sabe?

Justo. Era él. Jaime, frente a su hermano Enrique, comprende que doña Micaela se ha salido con la suya. En Vinebre, a las orillas del Ebro, cuántas veces presenció la escena: Hijo mío, Enrique, hazte sacerdote. Y la respuesta del hijo: No, madre. Quiero ser maestro. Y la voz calculadora del padre, don Jaime, poniendo fin al diálogo familiar: Ni sacerdote ni maestro. ¡Comerciante es lo que da!

De comerciante, nada. No hay más que ver. ¡Si no le para el dinero en las manos! Ni la ropa en el cuerpo. ¿Esos andrajos, Enrique?, pregunta Jaime. Y la respuesta de Enrique: Pues… sólo llevaba lo puesto… y aquel chico era tan pobre… De comerciante, nada. Ya puede despedirse el padre de su sueño. ¿Maestro? ¡Tal vez! ¡Sacerdote! De eso Jaime ya no tiene la menor duda. Lo ve en los ojos de Enrique y se lo está oyendo como una oración: ¡Quiero ser sacerdote o ermitaño!

Aún no hace el mes de la muerte de la madre. ¡Esta doña Micaela! Jaime recoge la herencia y asume el compromiso: Ven, Enrique, vamos a casa. Serás sacerdote. Yo te ayudaré.

Seminarista

En el seminario fue un estudiante disciplinado, buen deportista, compañero, amigo de todos. Se puso un reglamento personal en el que siempre había tiempo para la oración y lectura formativa. Entre sus autores predilectos aparecen ya dos que dejarán honda huella en su espiritualidad: san Francisco de Sales y, sobre todo, santa Teresa de Jesús.

No eran fáciles los años de estudio para los seminaristas: régimen de externado, ambiente de materialismo y ebullición política. Buena ocasión para entrenarse en la lucha por un ideal.

Sus vacaciones también arrojan luz sobre el futuro de Enrique: o en Vinebre: cariño familiar, catequesis a los niños, convivencia con la gente sencilla; o en el Desierto de las Palmas: soledad, reflexión, silencio. Y siempre el dinero pasando por sus dedos para alimentar cuerpos o nutrir inteligencias. Incansable divulgador de opúsculos, folletos y libros.

En el año 1865 recibió, en la Ciudad Condal, de manos de monseñor Montserrat, la tonsura y las Órdenes menores; y en mayo del año siguiente, el mismo obispo le otorgó el subdiaconado, después de unos ejercicios espirituales dirigidos por san Antonio María Claret.

Los años del seminario han dibujado ya la rica personalidad de Enrique: Sirvo al Señor con alegría, escribió en la preparación para el subdiaconado. Sirvo. Es una afirmación -no un propósito- consecuencia de su dedicación plena.

Sacerdote

En abril de 1867 fue ordenado de diácono en Tortosa, y recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre del mismo año y en la misma ciudad. Quiso celebrar su primera Misa en Montserrat, bajo la mirada dulce de la Virgen Morena, la primera confidente de su decisión, trece años detrás: Seré sacerdote o ermitaño, y en una fiesta de Santa María, 7 de octubre, fiesta del Rosario.

Junto a Enrique está su padre, don Jaime, que no acaba de comprender las locuras del hijo. Y están, también, sus hermanos, familiares, amigos… Sólo un vacío notaba -comentaría más tarde el misacantano-: la presencia visible, corporal, de mi buena madre de este mundo. Pero, ¿qué importa? Estaba allí su espíritu…

Ya es sacerdote. En el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Enrique de Ossó se lee: Dándose cuenta del peligro que corría la fe de los hombres, especialmente de los jóvenes y adolescentes, a los que nadie daba el pan, se consagró completamente a la enseñanza del catecismo, a la predicación de misiones al pueblo y a la dirección de almas, entregándose a promover operarios que le ayudasen a cultivar el campo del Señor. Así, mientras en el seminario diocesano enseñaba física y matemáticas, por los pueblos y aldeas transmitía la ciencia de los santos, haciéndose todo para todos para salvarlos a costa de lo que fuera.

Mi primera vocación, maestro, solía decir Enrique de Ossó. Y fue maestro en toda la extensión de la palabra. A cara descubierta o en la clandestinidad. Desde la cátedra o con la pluma. Junto a los seminaristas o entre los niños y gente sencilla del pueblo. Donde apunte el error o crezca la ignorancia. ¡Siempre maestro! O mejor: ¡Sacerdote maestro! Éste es el secreto de su fecundidad.

Enrique de Ossó fue profesor de matemáticas en el Seminario de Tortosa hasta el año 1878. Diez años de labor eficiente y abnegada. Los alumnos elogiarán su competencia pedagógica: su exactitud y suave exigencia; pero recordarán de modo especial que Ossó era, más que todo y sobre todo, un sacerdote de cuerpo entero. Cuando se vive íntegramente una vocación, toda actividad es magisterio.

En Tortosa, cuando era seminarista, se hizo miembro de las Conferencias de San Vicente de Paúl (1859) y dedicaba todas las tardes de los jueves, domingos y fiestas a la atención de los enfermos más pobres del hospital. Tarea que no abandonó siendo sacerdote y catedrático del Seminario. Atendía los enfermos con cariño y delicadeza. Los lavaba, los peinaba, les cortaba las uñas…, cuantos menesteres pudiesen necesitar. Conversaba con ellos y, antes de marcharse, ya al atardecer, les repartía a cada uno alguna cosita. Los enfermos lo esperaban con ilusión. Se quedaban felices. Y si alguno de esos días iba alguien a buscar a mosén Enrique en el Seminario, allí la contestación era siempre la misma: Vayan al hospital. Allí lo encontrarán.

Publicaciones

Admira la múltiple acción pastoral de Enrique de Ossó, que siempre supo unir una oración incesante a una actividad apostólica incansable. Dándose cuenta del influjo creciente de la prensa en la sociedad, fundó el periódico El amigo del pueblo y la revista Santa Teresa de Jesús, y dirigió numerosos libros y opúsculos de piedad, de catequética, sobre el magisterio papal y de historia; los escribió y difundió, y procuró que se abriera una casa para vender los libros. Cabe destacar el Catecismo de los obreros y de los ricos, publicado en 1891, poco después de que León XIII publicara la encíclica Rerum novarum; y el Cuarto de hora de oración, redactado según la doctrina de la seráfica doctora y maestra Santa Teresa de Jesús.

En este libro se revela toda su grandeza de apóstol de la oración. Hoy se habla más, se escribe más y hasta se trabaja más -decía-, pero se reza menos, y sin la oración la palabra no da fruto, los escritos no mueven el corazón, el trabajo es menos agradable a Dios. ¡Oh almas…! Orad, orad, orad: la oración todo lo puede.

Otros libros son: El espíritu de Santa Teresa, antología de la santa de Ávila; Viva Jesús, librito editado en Barcelona en 1875, cuya finalidad era enseñar a los niños las vías de oración; El devoto josefino; Un mes en la escuela del Corazón de Jesús, que es la expresión más fiel y madura de su espiritualidad, centrada en el amor al divino Redentor.

Y especialmente fue un catequista genial. ¿Qué hacer con una ciudad envenenada por la corrupción, el odio, el materialismo? Enrique de Ossó no gastaba fuerzas ni tiempo en lamentaciones inútiles. Se lanzó a la conquista de los niños. El plan era ambicioso y arriesgado: una verdadera red abarcaba toda la ciudad de Tortosa. Enrique se reservó la zona más difícil, el Barrio de Pescadores, donde los insultos al sacerdote llegaban hasta la violencia. El golpe fue certero. En dos años, más de mil niños se habían convertidos en simpáticos repetidores del Evangelio por calles, plaza y hogares. Era una fuerza arrolladora que nadie podía contener.

Arrolladora, pero organizada, como fruto de la labor personal de mosén Enrique junto a sus catequistas. Para ellos escribió uno de sus mejores libros: Guía práctica del catequista. Como el árbol tenía vida, empezó a florecer. Y Tortosa vivió tiempos de conversión.

Enrique de Ossó no creó obras al azar para después darles contenido. Tenía, eso sí, ojos muy abiertos para detectar problemas y descubrir soluciones que, después de prudente reflexión, llevaba a la práctica con santa audacia. Y fue un organizador: nacida la obra, encaminada los primeros pasos, aseguraba la continuidad, delegaba responsabilidades y se retiraba a un discreto segundo plano. Desde allí podría ayudar cuando fuese necesario y concebir nuevas empresas. Se ha dicho de él que fue un luchador. Cierto, si se le considera como el apóstol que no escatimó esfuerzos ni escondió la mano ante las dificultades. Pero su misión fue más amplia: Enrique de Ossó fue un gran forjador de luchadores.

Rasgos de su espíritu

Cristo llenó toda su vida. Su ideal era identificarse con el Señor. En uno de sus libros escribió: Para conformarse a la vida de Jesucristo es necesario, sobre todo, estudiarla, meditarla, no sólo en su aspecto exterior, sino penetrando en los sentimientos, deseos, afectos e intenciones de Jesucristo, para hacer todo en unión perfecta con Él… El que obre así se transformará en Jesús y podrá decir con el Apóstol: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

También sobresale en su vida la devoción a la Virgen María. Cuando enfermo de gravedad en Quinto de Ebro, su tío Juan hizo promesa a la Virgen del Pilar que, si su sobrino se curaba, peregrinarían los dos a Zaragoza, para rezarle ante su venerada imagen. Cuando Enrique recobró la salud, cumplieron la promesa. Siempre fue un ferviente devoto de la Virgen, con su alma enamorada de la Madre de Dios.

La Iglesia fue otro de sus grandes amores. En su epitafio quiso que se pusiera: Soy hijo de la Iglesia. Suyas son estas palabras: ¡Oh Iglesia santa, católica, apostólica, romana… que se me pegue la lengua al paladar y se seque mi mano derecha si no te amo, no te bendigo, no te respeto, no te obedezco, no te defiendo como a mi más amada y buena Madre, siempre, siempre, siempre!

Fue característico de san Enrique de Ossó su gran devoción a santa Teresa de Jesús. Un biógrafo suyo escribió: El fuego que devoraba a Enrique eran chispas del corazón de la Santa. Acercarse a Teresa significaba acercarse más estrechamente al Señor (…). No ignoraba  nada de lo que se refiere a la Santa: teología, ascética, elocuencia, literatura, arte; conoce todo lo que se refiere a la Madre Teresa, que estima y venera por su virtud, por sus obras y por su doctrina. Doctrina que él reconoce y proclama segura, profunda y clara. Esto le lleva a una iniciativa atrevida: por lo que sabemos fue el primero en lanzar la idea de pedir al Papa la declaración de santa Teresa como Doctora de la Iglesia.

Fundador

Pero, sin duda, la mayor gloria de san Enrique de Ossó fue haber descubierto la potencia transformadora de la mujer. El mundo será lo que sean las mujeres -decía-. Vosotras sois quienes habéis de decidir y sentenciar sin apelación si la familia y el individuo, y por consiguiente, si la sociedad entera, ha de ser de Jesucristo…

Asomado a la historia para caminar con paso firme hacia el futuro, recogió la antorcha reformadora de manos de Teresa de Jesús. Ella, con María, sería el modelo; sus escritos, alimento y guía. Toda joven católica podrá imitarla en la oración, en la generosidad, en la fe viva y práctica, y en el amor a Dios y al prójimo…, decía.

En el año 1876 fundó una Congregación  religiosa femenina, la Compañía de Santa Teresa de Jesús, con el fin de conocer y amar a Jesús y hacerlo conocer y amar por todos, y que colabore en la Iglesia en la formación, sobre todo, de la mujer.

En el ya citado Decreto sobre la heroicidad de las virtudes, está escrito: En nombre del Ordinario de Tarragona admitió a las primeras religiosas el 1 de enero de 1879, formándolas después santamente en el seguimiento de Jesucristo, con el fin de que se dedicasen totalmente a la educación de la mujer. Había intuido que la mujer tendría un papel cada vez más importante en la familia y en la sociedad y estaba convencido de que solamente teniendo una buena formación humana e intelectual y estando penetrada del espíritu del Evangelio, podría la mujer desarrollar su misión.

Siempre fue un hombre con mucha fe en Dios y procuraba contagiarla a los que estaban a su lado. En una ocasión faltaban mil pesetas (las de entonces) para pagar a los obreros en la obra del Colegio de Ganduxer, perteneciente a la Compañía de Santa Teresa de Jesús. La hermana encargada de hacer los pagos fue a decírselo a su fundador: ¿Qué hacemos, Padre?, le preguntó. Él contestó con tranquilidad: Buscarlas, hija. La hermana insistió: ¿Dónde? Enrique de Ossó repitió que saliesen a buscarlas y añadió: Pero con mucha fe en Dios. Con mucha fe. Acompañada de otra hermana salieron de la casa, sin saber a dónde ir para pedir mil pesetas por amor de Dios. Indecisas, vacilaban sobre el camino a seguir. Una dijo: Vayamos a la derecha. Y así lo hicieron. Llamaron a una casa, al azar. Expusieron a quien les abrió la necesidad en que se encontraban. Aunque todo lo habían hecho con la fe que su fundador les había recomendado, no dejaron de sorprenderse cuando recibieron esta contestación: Precisamente, hace unos momentos nos acaban de traer doscientos duros para ustedes. Aquí están. Ya se puede suponer cómo volvieron a contárselo a su santo fundador.

Otra vez, una hermana  de su Congregación estaba sufriendo mucho por una situación familiar; don Enrique la llamó a su despacho y después de que la religiosa le contara su aflicción, le dijo: Si dependiera de mí la solución de esto que tanto te aflige, ¿dudarías que se resolvería todo para bien? Ella contestó sin vacilar: No, Padre. Entonces le dijo: Pues está la solución en las manos de tu Padre Dios que te ama mucho más de lo que yo ni nadie podemos quererte, ¿por qué temes y desconfías? Con lo que la religiosa encontró consuelo y verdadera confianza.

Muerte y fama de santidad

El 2 de enero de 1896 Enrique de Ossó llegó al convento franciscano de Sancti Spiritus de Gilet (Valencia) para pasar unos días de retiro. Del 6 al 13 hizo los Ejercicios Espirituales. En la noche del 27 de enero el Señor llamó a sí a Enrique de Ossó, repentina pero no improvisamente. Sus últimos días transcurrieron en un clima de contemplación. En el profundo recogimiento y silencio del cenobio de los frailes menores escribió un Pequeño tratado sobre la vida místicaNovena al Espíritu Santo. y una

La fama de santidad que gozaba ya en vida, fue creciendo después de su muerte. En el año 1923 dos religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús se curaron milagrosamente de graves enfermedades por intervención de su santo fundador. Dos años después se abrieron los procesos ordinarios informativos en Tortosa y Barcelona, para la causa de beatificación del Siervo de Dios.

En 1927 tiene lugar la apertura del proceso informativo en Roma. En 1956 la Postulación General de la Orden Carmelitana se hace cargo de la Causa. En el mismo año es la Apertura del Proceso Super non cultu, en Tortosa. En 1967 se clausuran los Procesos Apostólicos en Tortosa, y se envían a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos.

El 15 de mayo de 1976, el papa Pablo VI dispone la publicación del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Enrique de Ossó. Tres años después, el 10 de mayo de 1979, después de ser aprobado por el papa Juan Pablo II, se publica el decreto sobre el carácter milagroso de las dos curaciones antes referidas. El 14 de octubre de 1979, Juan Pablo II declara beato a Enrique de Ossó.

Canonización

El 16 de junio de 1993 el papa Juan Pablo II, durante su cuarto viaje apostólico a España, canonizó a Enrique de Ossó. La ceremonia tuvo lugar en la madrileña plaza de Colón, durante la Eucaristía con el Pueblo de Dios. Era la segunda vez en el pontificado de Juan Pablo II que se celebraba una canonización fuera de Roma. La primera fue la de san Ezequiel Moreno, agustino recoleto español, obispo de Pasto (Colombia), y que Juan Pablo II canonizó en Santo Domingo el 11 de octubre de 1992.

Juan Pablo II, en la homilía de la ceremonia de canonización, dice: Enrique de Ossó buscó y encontró la sabiduría; la prefirió a los cetros, a los tronos y a la riqueza. Desde su juventud, al abandonar la casa paterna, refugiándose en el monasterio de Montserrat, sintió que Dios le llamaba para hacerle partícipe de su amistad. Seducido por la luz que no tiene ocaso encontró “el tesoro inagotable” y lo dejó todo para poseerlo. Su padre quería que fuera comerciante; y él, como el comerciante de la parábola evangélica, prefirió la perla de gran valor, que es Jesucristo. El amor a Jesucristo le condujo al sacerdocio, y en el ministerio sacerdotal, Enrique de Ossó encontró la clave para vivir su identificación con Cristo y su celo apostólico. Como “buen soldado de Cristo Jesús” tomó parte en los trabajos del Evangelio y encontró fuerzas en la gracia divina para comunicar a los demás la sabiduría que había recibido. Su vida fue, en todo momento, contacto íntimo con Jesús, abnegación y sacrificio, generosa entrega apostólica.

Más adelante, continuaba el Romano Pontífice su homilía, glosando la vida del santo catalán, que transcurrió en el siglo XIX en una época difícil, con una España dividida por guerras civiles y alterada por movimientos laicistas y anticlericales, con estas palabras: De la mano de Teresa de Jesús, Enrique de Ossó entiende que el amor a Cristo tiene que ser el centro de su obra. Un amor a Cristo que cautive y arrebate a los hombres ganándolos para el Evangelio. Urgido por este amor, este ejemplar sacerdote, nacido en Cataluña, dirigirá su acción a los niños más necesitados, a los jóvenes labradores, a todos los hombres, sin distinción de edad o condición social; y, muy especialmente, dirigió su quehacer apostólico a la mujer, consciente de su capacidad para transformar la sociedad: “El mundo ha sido siempre -decía- lo que le han hecho las mujeres. Un mundo hecho por vosotras, formadas según el modelo de la Virgen María con las enseñanzas de Teresa”. Este ardiente deseo de que Jesucristo fuera conocido y amado por todo el mundo hizo que Enrique de Ossó centrase toda su actividad apostólica en la catequesis. En la cátedra del Seminario de Tortosa, o con los niños y la gente sencilla del pueblo, el virtuoso sacerdote revela el rostro de Cristo Maestro que, compadecido de la gente, les enseñaba el camino del Cielo.

Concluía Juan Pablo II: Su espíritu está marcado por la centralidad de la persona de Jesucristo. “Pensar, sentir, amar como Cristo Jesús; obrar, conversar o hablar con Él; conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de Cristo; revestirnos de Cristo Jesús es nuestra ocupación esencial”. Y junto a Cristo, profesaba una piedad mariana entrañable y profunda, así como una admiración por el valor educativo de la persona y la obra de santa Teresa de Jesús.

 

San Tarcisio… Un Santo que Dió su Vida por Jesús


 

 

San Tarcisio era un acólito o ayudante de los sacerdotes en Roma. Después de participar en una Santa Misa en las Catacumbas de San Calixto fue encargado por el obispo para llevar la Sagrada Eucaristía a los cristianos que estaban en la cárcel, prisioneros por proclamar su fe en Jesucristo. San Tarcisio.Por la calle se encontró con un grupo de jóvenes paganos que le preguntaron qué llevaba allí bajo su manto. El no les quiso decir, y los otros lo atacaron ferozmente para robarle la Eucaristía. El joven prefirió morir antes que entregar tan sagrado tesoro. Cuando estaba siendo apedreado llegó un soldado cristiano y alejó a los atacantes. Tarcisio le encomendó que les llevara la Sagrada Comunión a los encarcelados, y murió contento de haber podido dar su vida por defender el Sacramento y las Sagradas formas donde está el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El libro oficial de las Vidas de Santos de la Iglesia, llamado “Martirologio Romano” cuenta así la vida de este santo: “En Roma, en la Vía Apia fue martirizado Tarcisio, acólito. Los paganos lo encontraron cuando transportaba el Sacramento del Cuerpo de Cristo y le preguntaron qué llevaba. Tarcisio quería cumplir aquello que dijo Jesús: “No arrojen las perlas a los cerdos”, y se negó a responder. Los paganos lo apalearon y apedrearon hasta que exhaló el último suspiro pero no pudieron quitarle el Sacramento de Cristo. Los cristianos recogieron el cuerpo de Tarcisio y le dieron honrosa sepultura en el Cementerio de Calixto”.
Sobre su tumba escribió el Papa San Dámaso este hermoso epitafio: “Lector que lees estas líneas: te conviene recordar que el mérito de Tarcisio es muy parecido al del diácono San Esteban, a ellos los dos quiere honrar este epitafio. San Esteban fue muerto bajo una tempestad de pedradas por los enemigos de Cristo, a los cuales exhortaba a volverse mejores. Tarcisio, mientras lleva el sacramento de Cristo fue sorprendido por unos impíos que trataron de arrebatarle su tesoro para profanarlo. Prefirió morir y ser martirizado, antes que entregar a los perros rabiosos la Eucaristía que contiene la Carne Divina de Cristo”.

Santo Domingo Savio…conócelo


Domingo significa: El que está consagrado al Señor.

Entre los miles de alumnos que tuvo el gran educador San Juan Bosco, el más famoso fue Santo Domingo Savio, joven estudiante que murió cuando apenas le faltaban tres semanas para cumplir sus 15 años.

Nació Domingo Savio en Riva de Chieri (Italia) el 2 de abril de 1842.
Era el mayor entre cinco hijos de Ángel Savio, un mecánico muy pobre, y de Brígida, una sencilla mujer que ayudaba a la economía familiar haciendo costuras para sus vecinas.
Desde muy pequeñín le agradaba mucho ayudar a la Santa Misa como acólito, y cuando llegaba al templo muy de mañana y se encontraba cerrada la puerta, se quedaba allí de rodillas adorando a Jesús Eucaristía, mientras llegaba el sacristán a abrir.
El día anterior a su primera confesión fue donde la mamá y le pidió perdón por todos los disgustos que le había proporcionado con sus defectos infantiles. El día de su primera comunión redactó el famoso propósito que dice: “Prefiero morir antes que pecar”.
A los 12 años se encontró por primera vez con San Juan Bosco y le pidió que lo admitiera gratuitamente en el colegio que el santo tenía para niños pobres. Don Bosco para probar que tan buena memoria tenía le dio un libro y le dijo que se aprendiera un capítulo. Poco tiempo después llegó Domingo Savio y le recitó de memoria todo aquel capítulo. Y fue aceptado. Al recibir tan bella noticia le dijo a su gran educador: “Ud. será el sastre. Yo seré el paño. Y haremos un buen traje de santidad para obsequiárselo a Nuestro Señor”. Esto se cumplió admirablemente.

Un día le dijo a su santo confesor que cuando iba a bañarse a un pozo en especial, allá escuchaba malas conversaciones. El sacerdote le dijo que no podía volver a bañarse ahí. Domingo obedeció aunque esto le costaba un gran sacrificio, pues hacía mucho calor y en su casa no había baño de ducha. Y San Juan Bosco añade al narrar este hecho: “Si este jovencito hubiera seguido yendo a aquel sitio no habría llegado a ser santo”. Pero la obediencia lo salvó.

Cierto día dos compañeros se desafiaron a pelear a pedradas. Domingo Savio trató de apaciguarlos pero no le fue posible. Entonces cuando los dos peleadores estaban listos para lanzarse las primeras piedras, Domingo se colocó en medio de los dos con un crucifijo en las manos y les dijo: “Antes de lanzarse las pedradas digan: <<Jesús murió perdonando a los que lo crucificaron y yo no quiero perdonar a los que me ofenden>>”. Los dos enemigos se dieron la mano, hicieron las paces, y no se realizó la tal pelea. Por muchos años recordaban con admiración este modo de obrar de su amiguito santo.
Cada día Domingo iba a visitar al Santísimo Sacramento en el templo, y en la santa Misa después de comulgar se quedaba como en éxtasis hablando con Nuestro Señor. Un día no fue a desayunar ni a almorzar, lo buscaron por toda la casa y lo encontraron en la iglesia, como suspendido en éxtasis. No se había dado cuenta de que ya habían pasado varias horas. Tanto le emocionaba la visita de Jesucristo en la Santa Hostia.

Por tres años se ganó el Premio de Compañerismo, por votación popular entre todos los 800 alumnos. Los compañeros se admiraban de verlo siempre tan alegre, tan amable, y tan servicial con todos. El repetía: “Nosotros demostramos la santidad, estando siempre alegres”.
Con los mejores alumnos del colegio fundó una asociación llamada “Compañía de la Inmaculada” para animarse unos a otros a cumplir mejor sus deberes y a dedicarse con más fervor al apostolado. Y es curioso que de los 18 jóvenes con los cuales dos años después fundó San Juan Bosco la Comunidad Salesiana, 11 eran de la asociación fundada por Domingo Savio.

En un sueño – visión, supo que Inglaterra iba a dar pronto un gran paso hacia el catolicismo. Y esto sucedió varios años después al convertirse el futuro cardenal Newman y varios grandes hombres ingleses al catolicismo. Otro día supo por inspiración que debajo de una escalera en una casa lejana se estaba muriendo una persona y que necesitaba los últimos sacramentos. El sacerdote fue allá y le ayudó a bien morir.

Al corregir a un joven que decía malas palabras, el otro le dio un bofetón. Domingo se enrojeció y le dijo: “Te podía pegar yo también porque tengo más fuerza que tú. Pero te perdono, con tal de que no vuelvas a decir lo que no conviene decir”. El otro se corrigió y en adelante fue su amigo.

Un día hubo un grave desorden en clase. Domingo no participó en él, pero al llegar el profesor, los alumnos más indisciplinados le echaron la culpa de todo. El profesor lo regañó fuertemente y lo castigó. Domingo no dijo ni una verdad, el profesor le preguntó por qué no se había defendido y él respondió: “Es que Nuestro Señor tampoco se defendió cuando lo acusaron injustamente. Y además a los promotores del desorden sí los podían expulsar si sabían que eran ellos, porque ya han cometido faltas. En cambio a mí, como era la primera falta que me castigaban, podía estar seguro de que no me expulsarían”. Muchos años después el profesor y los alumnos recordaban todavía con admiración tanta fortaleza en un niño de salud tan débil.

La madre de San Juan Bosco, mamá Margarita, le decía un día a su hijo: “Entre tus alumnos tienes muchos que son maravillosamente buenos. Pero ninguno iguala en virtud y en santidad a Domingo Savio. Nadie tan alegre y tan piadoso como él, y ninguno tan dispuesto siempre a ayudar a todos y en todo”.
San Juan Bosco era el santo de la alegría. Nadie lo veía triste jamás, aunque su salud era muy deficiente y sus problemas enormes. Pero un día los alumnos lo vieron extraordinariamente serio. ¿Qué pasaba? Era que se alejaba de su colegio el más amado y santo de todos sus alumnos: Domingo Savio. Los médicos habían dicho que estaba tosiendo demasiado y que se encontraba demasiado débil para seguir estudiando, y que tenía que irse por unas semanas a descansar en su pueblo. Cada mes, en el Retiro Mensual se rezaba un Padrenuestro por aquel que habría de morir primero. Domingo les dijo a los compañeros: “el Padrenuestro de este mes será por mí”. Nadie se imaginaba que iba a ser así, y así fue. Cuando Dominguito se despidió de su santo educador que en sólo tres años de bachillerato lo había llevado a tan grande santidad, los alumnos que lo rodeaban comentaban: “Miren, parece que Don Bosco va a llorar”. – Casi que se podía repetir aquel día lo que la gente decía de Jesús y un amigo suyo: “¡Mirad, cómo lo amaba!”.
Domingo Savio estaba preparado para partir hacia la eternidad. Los médicos y especialistas que San Juan Bosco contrató para que lo examinaran comentaban: “El alma de este muchacho tiene unos deseos tan grandes de irse a donde Dios, que el débil cuerpo ya no es capaz de contenerla más. Este jovencito muere de amor, de amor a Dios”. Y así fue.

El 9 de marzo de 1857, cuando estaba para cumplir los 15 años, y cursaba el grado 8º. De bachillerato, Domingo, después de confesarse y comulgar y recibir la Unción de los enfermos, sintió que se iba hacia la eternidad. Llamó a su papacito a que le rezara oraciones del devocionario junto a su cama (la mamacita no se sintió con fuerzas de acompañarlo en su agonía y su fue a llorar a una habitación cercana). Y a eso de las 9 de la noche exclamó: “Papá, papá, qué cosas tan hermosas veo” y con una sonrisa angelical expiró dulcemente.

A los ocho días su papacito sintió en sueños que Domingo se le aparecía para decirle muy contento que se había salvado. Y unos años después se le apareció a San Juan Bosco, rodeado de muchos jóvenes más que están en el cielo. Venía hermosísimo y lleno de alegría. Y le dijo: “Lo que más me consoló a la hora de la muerte fue la presencia de la Santísima Virgen María. Recomiéndele a todos que le recen mucho y con gran fervor. Y dígales a los jóvenes que los espero en el Paraíso”.
Hagamos el propósito de conseguir la hermosa Biografía de Santo Domingo, escrita por San Juan Bosco. Y hagámosla leer en nuestra familia a jóvenes y mayores. A todos puede hacer un gran bien esta lectura.

Domingo: ¡Quiero ser como tú!.